Carta a mi abuela (escrita hace ya algún tiempo)

.

Carmen que estás en los cielos

Mi abuela se fue, traspasó la frontera de la vida y no pude estar con ella. Mi abuela que me daba una peseta para pipas cuando ya costaban veinticinco; mi abuela Carmen que vivió la guerra y perdió a su amor fusilado violentamente por el bando contrario, que soñó con que él le hablaba desde el cielo, decía. ¡Tantas veces! Y se quedó sola, como tantas otras, y montó una pensión para ir tirando, que del esfuerzo de tantos años y de ver una televisión en blanco y negro, con un plástico delante que, no sé cómo, daba colores a los programas, los ojos se le cansaron, y el corazón. Al final de su vida apenas veía y nos confundía, pero me quería. Mucho. Y yo a ella. Y la cuidaba y la acompañaba, nunca tanto como se merecía, pero de eso me di cuenta luego.

Nos cuidó cuando éramos pequeños hasta que giró el ciclo y fue ella la que se fue haciendo pequeña. Qué extraña vida, acabas perdiendo el hilo y confundes final con comienzo. Mi abuela, que era valiente, permaneció en la casa de mi infancia hasta que pudo, esa casa donde la vecina, después de llamarme en diminutivo y a gritos desde el tercero, me lanzaba caramelos a la terraza que siempre llegaban partidos, literalmente hechos polvo. A los 9 años, mi primer caramelo entero.

Fue cuando la otra abuela también cayó en total necesidad y dependencia cuando la llevaron -o la llevamos, porque siempre me quedará la duda de si me la tenía que haber llevado conmigo- a una residencia y allí nos dijo adiós, una noche que dormía y no se despertó.

Quise comprar su casa en su memoria, pero mi primo se adelantó, cosas de familias no encontradas, y la transformó. Vaya si la transformó, ni rastro de lo que allí vivimos, de las guerrillas en los sofás, del cuarto oscuro donde descubrimos quienes eran los Reyes, de las visitas de la tía Elvira, sus rosquilletas planas y su olor a naftalina, del señor Simón que era muy rico pero no se le notaba. La dejó sin alma y yo nunca más volví.

Mi abuela Carmen soñaba lo que iba a pasar y me lo contaba cuando yo aún estaba tiernecita y la escuchaba como escuchan las niñas. Ella me introdujo en lo invisible porque yo la creía.

-Abuela, cuando te mueras, hazme saber si hay vida más allá de esta vida.

Pero no fui capaz, al día siguiente de su adiós, me dirigí a los cielos y le supliqué que se abstuviera de cualquier información. Sentí terror. Capaz era. Siempre he querido tener una hija para ponerle su nombre y sigo imaginándola en el balcón de la calle Filipinas donde nos llamaba para merendar mientras jugábamos a recoger plomo en la estación de los trenes, aún no sé para qué.

Porque no estuve en su entierro, ni a su lado mientras se iba, le debo un adiós. Un adiós y mucho más. La zorra y las uvas siguen en mi memoria. Quiero creer que me ves, abuela.

Adiós.

Categorías: Cartas

0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *