Cuando compartimos la muerte con los niños y con los ancianos, ya sea la de la mascota o la de una persona de la familia, sugiero una manera y dos momentos para hacerlo que intentaré describir brevemente.

    Lo que estamos viviendo es extremo y contundente, por tanto, me parece urgente abrirnos a una manera más amplia de ver y escuchar la situación. Desde una perspectiva que apele al saber innato de todo ser humano para estar con el dolor, el de nuestro vecino y el nuestro propio, así como el hecho de incluir a los niños y ancianos en cualquier circunstancia que ataña al grupo familiar. Tal y como era en nuestra cultura hace apenas 60 años y tal y como lo es ahora en otras culturas.

   Podemos constatarlo en los pueblos que siguen tocando a difuntos, como es Pedreguer, donde vivo actualmente.  Las personas de cierta edad acuden, velan y consuelan sabiendo lo que tienen que hacer sin haber hecho cursos para ello. Quizás, entre otras cosas y tal como me dijo un amigo “porque lo han hecho muchas veces”.

   Los dos momentos para compartir la inquietud que provoca el misterio de la vida y de la muerte son:

  1. Antes de tener la experiencia de la muerte de un ser querido.
  2. Después de pasar por esa experiencia.

   Y la manera de hacerlo, tratará de impregnar este escrito.

   Vayamos al primer punto: hablar de la muerte.

  • ¿Cuándo? A lo largo de la vida, en casa, en la cocina, en el salón, en el parque, en la escuela, en el Instituto, en una cena con amigos, en un viaje, cuando sea, cuando alguien saque el tema y nos pille atentos y sensibles.
  • ¿Cómo? Viviendo con conciencia de finitud, no descartando la muerte como parte de la vida. Tan sencillo como hacía mi madre, que cuando nos íbamos de fin de semana nos decía: “Dejadlo todo arreglado por si nos pasa algo”. He sido consciente de la importancia de esta frase ya de adulta, aunque al parecer hizo su mella. También nos recordaba de vez en cuando y sin venir a cuento dónde estaban las cosas de valor y la lista de personas a quiénes había que llamar en «el momento”.

   Si nos detenemos, como nos obliga esta situación actual, podemos apreciar cómo la muerte ha sido y es la gran pregunta que ha guiado la manera de vivir y convivir en todos los tiempos y culturas y ha sido la raíz de muchos guiones cinematográficos, de muchas obras de arte, de monumentos que perpetúan la vida, de músicas para un adiós porque es, lo queramos o no, la única certeza que tiene el ser humano: los adioses.

      Las personas se van físicamente para siempre algún día.

   Y si es así, ¿por qué no tenerla en cuenta? ¿por qué esperar a toparnos de bruces con una realidad que habla a gritos? Si al menos nos hiciéramos estas simples preguntas, hallaríamos las respuestas en la psique humana a lo largo de la Historia y podríamos atrevernos a acercarnos lenta y serenamente, reconociendo miedos y fragilidades y desde ahí, resignificar la vida.

   La muerte se posiciona ahora, en primera fila y puede que nos sintamos desbordados o impotentes. Pero la muerte siempre estuvo ahí. Solo era una cuestión de olvido. El porqué de este olvido podría hallarse en parte en que la muerte no cabe en una cultura que esconde el valor de la interdependencia, la impermanencia y la transcendencia.  Una cultura que ignora la sabiduría de la infancia y de la ancianidad.

   ¿De qué se trata entonces? De querer ver lo que es. De tener el coraje de quedarnos quietos y mirar. Ahora que el parar reordena asuntos y prioridades y el silencio nos invita a dejar de huir de nosotros mismos puede que la felicidad no se halle en los escaparates, puede que la felicidad que estamos buscando solo esté esperando a que nos caiga la venda de los ojos y dejemos de correr hacia ninguna parte para apreciar la eternidad que nos habita.

Decía Juan Ramón Jiménez:

¡No corras. Ve despacio,

que donde tienes que ir

es a ti solo!

¡Ve despacio, no corras,

que el niño de tu yo, recién nacido

eterno,

no te puede seguir!

Si vas deprisa,

el tiempo volará ante ti, como una

mariposilla esquiva.

Si vas despacio,

el tiempo irá detrás de ti,

como un buey manso.

Eternidades 1918 poema (XXXVI)

   Vayamos al segundo punto: compartir la ausencia del ser querido. 

   Los niños y los ancianos siguen estando ahí para nuestra fortuna y si somos capaces de ignorar los preceptos culturales y nos permitimos escucharlos, constatamos fácilmente que tanto unos como otros sí tienen integrada la muerte y quieren hablar de ella, siempre y cuando perciban que abrimos un tiempo y un espacio emocional para ello. Si no, prefieren buscar mejores cómplices los unos y no molestar, los otros.

   Todo esto requiere cuestionamiento y humildad. Para verlo de esta manera hay que desearlo y perseverar ya que el discurso social se cuela por rendijas que dejamos sin cerrar. Conviene seguir confiando e insistir porque las creencias están más arraigadas de lo que una piensa. Ante la incertidumbre, el ser humano desea seguridad y estabilidad, los dos ejes que esta pandemia ha hecho volar por los aires y que, al hacerlo, nos brinda el espacio correspondiente a la enseñanza que proporciona la muerte, a la sabiduría natural de la infancia y a la sabiduría por experiencia de los ancianos y ancianas.

Lo más inestable ahora sería seguir ignorándolos.

Mar Cortina, 24 de abril de 2020

Categorías: recursos

2 comentarios

Mireya · 30/04/2020 a las 11:41 am

Gracias por esta preciosa «campanadita».
Perdemos la vista, la atención, y quizá otros tantos aspectos que nos llevan a lo importante…el amor, la comunicación genuina,….
Tantos y tantos momentos….
Preciosa foto que como decimos: resume y evoca…más q mil palabras

Miguel Sariñena Cenarro · 01/05/2020 a las 10:54 am

Muy bien descrito, el proceso natural de la muerte entre las personas. No es un tema que guste, la trascendencia empaña los escaparates y se elude en las charlas de velador. La impermanencia llena de llamativos tintes los cabellos y ropas de extraños gustos.Nuestros hábitos de vida son grandes generadores de basura y contaminación; no vemos como iguales a los seres vivos del paisaje y ahora empezamos a entender la interdependencia.
Los Abuelos nos llevamos bien con los nietos, con los niños y con los perrillos, porque lentamente, vamos saliendo del tumulto, a recorrer nuestra última senda.

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