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Cuando se nos muere alguien muy querido, incluso previéndolo por enfermedad, el solo hecho de entrar en contacto con la realidad del para siempre, invita a veces a querer morir con él o ella por no poder imaginar una vida sin su compañía. Y, de alguna manera, lo hacemos. La muerte siempre es incómoda y altera el orden de las cosas, la muerte nos desplaza a vivir y amar desde otro lugar interno, un lugar desconocido hasta entonces, al que nos tenemos que ir acostumbrando pero eso a cada cual le lleva un tiempo porque el duelo es íntimo y personal.

   El ser humano se ha adaptado a todos los ecosistemas posibles, ha luchado por la vida y nosotros en la nuestra, también.  Hemos ido adaptándonos a las situaciones inesperadas, a los cambios, a situaciones dolorosas y adversas de las cuales pareciera que no vamos a salir vivos, pero acabamos haciéndolo, -y a veces, increíblemente, aún más vivos- porque disponemos de las herramientas personales suficientes para hacerlo y porque la Vida hace un llamamiento muy potente a seguir en ella con nuestro clan, con los que sí están vivos. Y nos necesitan y les necesitamos.

     El hecho de no poder despedirse físicamente de nuestros familiares, de no poder darles un final digno trastoca aún más esta adaptación a una vida que va a incluir la ausencia.  Convertir esto en una queja social puede no estar ayudando a las familias que acaban de entrar en duelo, más bien podría dar la idea de irreparable e injusto. Dejemos salir nuestra rabia e impotencia, escribamos una carta a la muerte, pero repongámonos porque la muerte siempre es injusta o eso nos parece. Repongámonos por la persona que se ha ido y démosle su adiós, compartiendo el dolor y la readaptación que incluirá su recuerdo, démosle un adiós del tamaño del amor que le teníamos, expresemos eso también, sin coche fúnebre, sin visita al tanatorio o al cementerio, sintiendo que fue ese amor, el que le profesamos en vida lo que le acompañó, porque no ha sido nuestra elección, ha sido lo que en estos momentos únicamente puede ser, aceptando lo inevitable, lo incontrolable y acostumbrándonos a la impermanencia inherente a la vida, aunque cueste mucho encajarlo. No elegimos lo que nos sucede, pero sí tenemos la libertad de elegir la actitud que ponemos ante ello.

Los rituales empiezan y acaban situaciones y es necesario hacerlos porque se puede aplazar un concierto pero no un adiós.

    ¿Cómo hacer cuando no se puede hacer físicamente? Acudid a la imaginación de los/as niños/as, acudid a la vuestra. Podemos decir adiós de cualquier manera siempre que sea genuino y nos salga del corazón. No será lo mismo que un funeral presencial pero cumplirá su función. Decidimos el día, nos vestimos para la ocasión, ponemos una cámara e invitamos a los amigos y familiares, hacemos un panegírico, hablamos de lo que nos aportó, de lo que le quisimos, de lo que nos produce no haber podido estar con él o ella en su final pero sin centrarnos en ello únicamente,  que cada uno/a aporte su color a ese adiós, sea cual sea nuestra idea de transcendencia, calmará sentir que de alguna manera nos ve y nos agradece, podemos poner la música que le gustaba, podemos leer un poema, poner las fotos donde estamos juntos, traerlo un poco a la vida, hagamos una buena comida en su honor, su plato favorito y hablemos de sus manías y de sus virtudes e…imaginar que sonríe ¿por qué no?.

   Con los niños/as podemos proponerles hacer juntos/as la caja del abuelo/a con los recuerdos compartidos, las gafas de ver lo invisible, un árbol genealógico dónde aparecemos todos, los vivos y los muertos, y sentir que pertenecemos a esa gran familia donde se nace, se ama y se muere para seguir la rueda de la vida, un funeral virtual puede ayudar a destensar nudos familiares, a un reencuentro y, sobre todo puede ayudar a quedarnos un poquito más en paz.

   ¿Qué podemos sacar de positivo de una situación que parece no tener nada de eso? No aplazar los Te quiero ni los Lo siento, cerrar asuntos pendientes, tener los sentimientos al día, no esperar a que esto se acabe, vivir el hoy con todas sus oportunidades, cuidarnos en todos los sentidos y cuidar a los que queremos, presencial o virtualmente, lo que cuenta es la intención y las ganas. Ofrecer nuestro tiempo, nuestras habilidades, la generosidad equilibra la tristeza y le da sentido a lo sucedido, nos deja buen cuerpo.

   Ampliemos la mirada, quizás sea el momento de pensar que, cuando vivíamos de espaldas a la vejez y la muerte, muy deprisa y casi exclusivamente para el trabajo, también había muchísimas personas, como ahora, que mueren solas y sin nada que llevarse a la boca.

  Vivamos intensamente el día a día, ahora que podemos, llenémoslo de ternura, de paciencia y de empatía para que cuando la parca entre en casa, podamos dejarnos y dejarles ir. Vivamos en paz para poder morir en paz. A esto nos invita la muerte: a amarnos mucho y decirnos adiós un poquito cada día.


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