En este artículo pretendo reflexionar sobre valores esenciales y perennes que han guiado el comportamiento humano en diferentes culturas y tradiciones y, que, a mi entender, están difuminados u olvidados en la nuestra.

   Cualquier reflexión que hagamos sobre la necesidad de educar en unos valores o en otros implica, a mi entender, que la persona lleve incorporados los valores que quiere transmitir. La transmisión auténtica entre seres humanos se produce por vía directa, de ser a ser. La palabra es tan sólo un apoyo para las acciones, las explican y justifican, pero sin acciones coherentes, las palabras pierden su poder y su fuerza.

   Esto supone reconocer que aquello en lo que creemos impregna lo que pensamos y como consecuencia lo que sentimos y lo que hacemos. Lo que creemos tiene dos fuentes: el sistema cultural de creencias donde crecemos y la lectura que hagamos de las experiencias de vida. Ambas son modificables pero el primer paso es saber en qué creemos.

   Vivir así nos lleva a la mejora personal y social. Personal porque nos conduce a la honestidad y a la humildad, a la vez que nos invita a poner una mirada atenta a nuestro hacer. Social porque nos conduce a una revisión constante de la lectura del mundo que nos habita y nos lleva al análisis. Ambas mejoras nos proporcionan sentido, dirección y motivación. 

Todo esto no tendría cabida sino partimos de la aparición de una inquietud, de una necesidad, de un sentimiento de insatisfacción. Este es el punto de arranque, un espíritu inquieto y un sentido de la responsabilidad ética y social que hace que nos planteemos qué y cómo podemos hacer alguna aportación a la evolución humana desde la educación de nuestros hij@s.

   Lo que propongo es hacer un bucle en la mirada que les damos cada día, el bucle pasa por mirarnos primero a nosotr@s mismo@s, mirar el entorno donde habitamos y saber cómo y cuánto está condicionada la mirada que ofrecemos a los niños y jóvenes. Todo en un juego complejo de interacciones entre lo personal y lo social. Es una tarea laboriosa, silenciosa y consciente con resultados inmediatos en todas nuestras relaciones. De aquí se deduce que la educación de un guerrer@ sólo puede ser transmitida por un guerrer@.

Intentaremos ir definiendo lo qué es un guerrer@ a través de sus acciones:

  • Un guerrero es aquel que sabe del poder de la palabra y del poder del silencio

   Mediante las palabras ponemos de manifiesto lo que oculta y abiertamente sentimos, nuestras intenciones, nuestras creencias y nuestras expectativas. En lo que decimos y en lo que no decimos, nos mostramos.  Las palabras constituyen el poder que tenemos para expresar y comunicar, ya sea miedo o confianza. Nuestra cultura está basada en la palabra, pero el silencio tiene también un gran valor comunicativo. Ante preguntas “filosóficas” de los niños, creemos que se espera de nosotr@s una respuesta que apacigüe, que ordene o que explique. Lo más valioso de las preguntas que nos hacen los niños y los adolescentes es invitarles a que encuentren su propia respuesta. No hemos sido educados en el silencio, por tanto, llenamos las situaciones de palabras y de soluciones enlatadas con fecha de caducidad sin dejar espacio a la reflexión íntima, a la interiorización, al no saber. Estos tres conceptos que tampoco los incluye nuestra cultura, podrían provocar en los adultos cierto temor, pero desde mi punto de vista, reconocer serenamente un “no sé” muestra una actitud humilde y autocrítica que descubre un horizonte de posibilidades para construir juntos el conocimiento. Ese “no sé” abre las puertas a la creatividad y al intercambio de pareceres.

  • Un guerrero es aquel que sabe darse una importancia personal justa

   Es aquel que sabe “quitarse de en medio” cuando la situación lo requiere, es decir que tiene en cuenta sus necesidades y las necesidades del otro y aún va más allá trascendiendo ambas para entender y atender las necesidades del grupo que, al final redundan en beneficio de cada uno de sus componentes.  Dejamos a un lado “mis” preocupaciones para ocuparnos de “nuestras” preocupaciones. Para poder hacer esto hay que afinar el sentido del oído y pulir la escucha. Y transmitimos que es importante tener criterio propio, saber qué pensamos sobre las cosas y las situaciones, pero igual de importante es saber escuchar otros criterios y tenerlos en cuenta con el fin de enriquecernos todos además de que el conocimiento que poseemos hoy no es una verdad invariable y absoluta y que estamos dispuestos a aprender durante toda la vida y de cualquier situación que se nos ponga delante.

  • Un guerrero es aquel que no se toma las cosas personalmente.

   Cada uno de nosotros en su corta o larga experiencia de vida ha establecido unas asociaciones y unos acuerdos en su mente. Cuando alguien nos insulta, nos alaba o nos da su opinión lo hace desde sus creencias y vivencias. Si nos tomamos las cosas personalmente, somos presa fácil de “re-acciones” impulsivas e injustas y cualquier simple opinión de los otros nos hace caer en una frágil trampa porque nos dejamos llevar por suposiciones, pero un guerrero es aquel que no las hace.

   Las opiniones son fruto de los acuerdos y asociaciones emocionales que hemos establecido en nuestra mente, de modo que lo que pensamos sobre una persona o una situación tiene más que ver con uno mismo que con el otro. Y porque nunca sabemos a quién tenemos delante.

   Estamos hablando de la diferencia entre acción y reacción. La acción proviene de la ecuanimidad y de la serenidad y esta sólo es posible cuando no nos creemos el centro del universo y sabemos ponernos en la piel del otro (empatía), tratando de entender de dónde procede lo que está haciendo o diciendo. La reacción es una acción inmediata, irreflexiva que proviene de nuestros miedos, inseguridades, heridas o insatisfacciones. Intentar cambiar la reacción por la acción requiere observación, atención y conciencia.

  • Un guerrero es aquel que no evita el contacto con el sufrimiento ni cierra los ojos ante la muerte

   Sabe que la vida está compuesta por las dos caras de la moneda, sabe sacar provecho a las desdichas sin buscarlas. Sabe que la vida es finita, que todo lo que empieza, acaba y todo lo que nace, muere y eso hace que la vida sea sagrada y valiosa. Cuando alguien sufre, lo único que podemos hacer por él es estar a su lado, acompañarle, hacerle sentir que no está solo. No podremos librarle del dolor o la pena, pero sí hacérselo más llevadero. Más tarde o más temprano, la vida nos traerá alguna situación dolorosa. Si hemos activado nuestro sistema inmunitario emocional, cada vez tendremos más defensas y más capacidad de integrar sentimientos de dolor, tristeza o pérdida. Como adultos no tenemos el derecho de privar a nuestros hijos de este tipo de situaciones a través de ocultamientos o mentiras, en cambio, tenemos el deber de encontrar la manera de estar con ellos en cualquier situación adversa.

   Las situaciones de dolor que puede vivir un niño o adolescente pueden ser muchas. La pérdida de un ser querido, el divorcio de sus padres, la pérdida de la mascota, un cambio de escuela, un cambio de provincia o de casa, el rechazo de sus amigos o una decepción amorosa. Estas vivencias son muy importantes en la formación de la persona ya que, dado que no podemos evitarlas, tenemos la opción de salir más fortalecido de ellas. Estas situaciones influirán durante un determinado período de tiempo en su rendimiento intelectual, en sus relaciones y en su comportamiento. Conviene tenerlo muy en cuenta, sabiendo de la transitoriedad de todas las situaciones.

   Cada persona tiene un tiempo y una manera de vivir sus pérdidas y todas son respetables. No interviniendo sino acompañando, la persona conseguirá integrar esa pérdida. Cerrar los ojos al dolor del otro es egoísmo, justificado y encubierto por el tabú social. Ofrecernos es generosidad. Cualquier pérdida es algo que nos preocupa y, a veces, nos asusta, pero podemos hablar de ello y compartirlo para reducir nuestros temores y acolchar nuestras preocupaciones. La vida es alegría y tristeza y ninguna de las dos son para siempre.

   Utilizar la ocultación dejan al otro en una soledad no buscada que aumenta su dolor. El origen de estas actitudes no es la protección del otro, como pareciera, sino la protección de uno mismo.

  • Un guerrero es aquel que valora y respeta la experiencia y sabiduría de los más mayores

   Perder el respeto por las personas mayores es como ir en un barco a la deriva. Uno de los sentimientos que origina este ignorar la sabiduría de los ancianos es el desamparo ético que caracteriza nuestra cultura en los últimos 60 años.

    El individuo, en general, se encuentra más que en otras épocas encarado con él mismo y más obligado a actuar por su cuenta en muchos aspectos, pero sobre todo en el aspecto ético. Es lo que podríamos llamar desorientación axiológica.

   Este tipo de desorientación conduce al sentimiento de soledad y de falta de sentido. La relación de la infancia con la soledad es un tema muy importante que podría ocupar un artículo entero, pero si reflexionamos un poco, veremos que la soledad es constructiva y enriquecedora cuando se la elige y es limitadora y angustiosa cuando viene impuesta. Aunque poseemos un potente sistema de supervivencia emocional y de adaptación, si esta sensación de desamparo ético perdura en un niño es, cuando al llegar a la adolescencia, podría manifestarse a través de conductas disruptivas buscando de manera equivocada el amparo que les faltó y les falta.

   Sugiero como reorientación, una educación con proa a la dignidad humana. La dignidad incluye no desamparar a nuestros niños y adolescentes en el más amplio sentido de la palabra y esto implica ofrecer un modelo ético de vida que incluye un reordenamiento de los valores donde el cuidado y el respeto hacia los mayores, ocupa un lugar principal.

  • Un guerrero es aquel que siempre hace lo máximo que puede

   Ni más ni menos, sabiendo que ese máximo es variable según nuestro estado de ánimo y las circunstancias.  Si nos entregamos a cada momento, disfrutamos plenamente de la vida que está hecha a instantes entrelazados.

   Expresamos lo que somos en la acción y todo está bien mientras no nos exijamos más ni menos de lo que podamos. Vivir así produce satisfacción y sentido y nos ayuda a conocernos y respetarnos. Si somos capaces de hacerlo con nosotros mismos, seremos más considerados con las posibilidades y la entrega de los demás. Cada persona tiene un ritmo y una manera de utilizar su energía disponible. Juzgar es malgastar la energía que tenemos, es desviarla en lugar de centrarla en el autoconocimiento.

   Los niños captan si hay dinamismo o pasividad en la educación que están recibiendo, si actuamos desde la inercia o el entusiasmo.

  • Un guerrero es aquel que tiene un propósito de vida y encamina sus pasos para conseguirlo

   Si no vemos la diana, no sabemos adónde dirigir las flechas. Como educadores, es importante saber lo que queremos y comunicar lo que esperamos. Siendo mentalmente flexibles y permaneciendo abiertos, para hacer revisiones constantes de nuestro norte. Si así lo vivimos, así lo transmitimos y estamos contribuyendo a que nuestros hijos encuentren su propósito. Muchas de las patologías relacionadas con el sentido de la vida tienen que ver con la falta de propósito. Escucharnos y ser coherentes, orienta, motiva y da sentido.

  • Un guerrero es aquel que sabe reírse de sí mismo y vivir con humor

   Reírse de sí mismo es saber desidentificarse de la situación, o sea no tomarse las cosas personalmente. Si el ambiente que solemos crear en casa está salpicado con gotas de humor, nuestros hijos no se desconcertarán cuando salpiquemos de humor una situación delicada o conflictiva. El humor siempre aligera la posible tensión de una situación sin quitarle la importancia que se merece. El humor crea calidez y complicidad, y la complicidad invita al respeto. El humor es el fruto de una civilización que ha evolucionado, una de las formas más elevadas de la vida social. Por su naturaleza, la risa es democrática y el humor es un antídoto contra el dogmatismo y la violencia. Su gran fuerza crítica la convierte en un poderoso instrumento de progreso y de cultura. El diálogo humorístico es un método educativo.  El humor surge de la serenidad y de la ecuanimidad y los tres están íntimamente relacionados con la creatividad, la cual nos permite ver la situación de manera compleja y global y, desde esta visión, podemos responder imparcialmente. Tener humor significa que estamos disfrutando con lo que hacemos y que estamos a gusto con quienes estamos.

CONCLUSIONES

   Si un guerrero o guerrera es aquel que:

  1. Sabe del poder de la palabra y del poder del silencio.
  2. Sabe darse una importancia personal justa. 
  3. No se toma las cosas personalmente.
  4. No evita el contacto con el sufrimiento ni cierra los ojos ante la muerte.
  5. Valora y respeta la experiencia y sabiduría de los más mayores.
  6. Siempre hace lo máximo que puede.
  7. Tiene un propósito de vida y encamina sus pasos para conseguirlo.
  8. Sabe reírse de sí mismo y vivir con humor

   Educar se convierte en un proyecto alentador que exige un auto-educarnos y un espíritu abierto al cambio. En esta propuesta va implícito un rearme cognitivo, emocional y conductual, por tanto, conviene hacerlo de una manera gradual para que tenga consecuencias positivas palpables. Algunas de ellas son:

  1. Disminuyen los conflictos en casa
  2. Mejoran las relaciones entre los miembros de la familia
  3. Aumenta la participación de los niños
  4. Aumenta la motivación educativa de los padres y madres
  5. Hay más alegría

Acabaré con unas palabras de Spinoza (1980):

“Habitantes de este único mundo, el problema para los hombres es vivir bien, ese es el asunto humano por excelencia. Cuando mejor se vive es cuando se está alegre, lo cual es una evidencia empírica; la alegría gusta a todo el mundo, cualquiera la quiere para sí. (…) tender a la alegría es propio de la naturaleza humana. La ética es el arte de seguir la pista a la alegría y de ahuyentar la tristeza, y alegría y tristeza son avatares de la potencia, son una cuestión de poder. (…). Cuando vivimos una experiencia en posición activa, los sentimientos que esa experiencia nos suscita se llaman afectos; cuando vivimos algo en posición pasiva, lo que sentimos son pasiones. Como sujetos activos siempre somos dueños de una situación, tenemos poder en ella; en posición activa todas las circunstancias, incluso las dolorosas, acrecientan nuestra potencia, por lo que los afectos siempre nos alegran”

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