Por Agustín de la Herrán y Mar Cortina (*)

Actualmente y en esta parte del mundo, vivimos una situación paradójica, por un lado la muerte es una cuestión tan central como evitada; una pregunta más que una respuesta, un patrimonio secreto de la humanidad, un eje de la vida humana incompatible con la «macdonalización» social y de la educación. La muerte contiene un valor formativo extraordinario, si entendemos como formativo todo aquello que facilite y permita el desarrollo pleno de las potencialidades del sujeto y a pesar de todo, estamos desperdiciándolo, cuando lo lógico sería poder reflexionar sobre ello compartiendo temores y dudas.

Ayer, algunos niños y niñas de 9 y 10 años jugaban en la plaza del pueblo. Al cabo de un rato, de entre el grupo salió uno de ellos con cara triste llevando algo en las manos, se dirigió a su madre y le enseñó un pajarito muerto, pidiéndole que lo llevara a casa para enterrarlo en el jardín, la madre lo guardó en un papel con la intención sincera de hacerlo cuando regresaran. Otros niños querían tirarlo a la basura. Sensibilidades distintas, educaciones distintas.

Si no la relegamos, encontramos la muerte en las actividades espontáneas e intereses naturales de los niños: juegos, curiosidades, preguntas, momentos significativos, etc. Citamos algunos de sus comentarios y conversaciones que Mª Carmen Díez Navarro, maestra de educación infantil, escribió en un artículo: «Mi abuelo vive en el cielo y mi abuela en Valladolid»; «¿Verdad que si te mueres y te pasan miles de años por encima te vuelves piedra fósil?»; «Creo que mi señorita se ha muerto porque hace mucho tiempo que no la veo», etc.

Hace un tiempo, Clarita, de 4 años, mientras jugaba y se movía sin parar, preguntó: «¿Dónde vamos cuando morimos?». «No lo sé. Y tú, ¿lo sabes?»; «Claro que sí», contestó ella. «Nos convertimos en pajaritos de color rosa y gris». Clarita se trasladaba a vivir a otro lugar y seguramente lo estaba viviendo como una pérdida. Esa pregunta y a esa edad es, por lo menos incómoda, y a veces obtiene repuestas del tipo: «Eres muy pequeña para pensar esas cosas»; «¿No ves que estoy trabajando?, hablaremos luego»…

Dependiendo de si la respuesta del adulto ante cuestiones vitalmente importantes es empática o no, los niños seguirán cuestionando, preguntando, aprendiendo, buscando, experimentando… o sencillamente aprenderán que «sobre algunos temas, mejor ni hablar» y la soledad que comporta.

Los niños se relacionan con la idea de la muerte de diferente manera a como lo hacemos nosotros. La muerte como realidad concreta y contenido adulto es irreversible, fenoménica, trágica, misteriosa, incomprensible, artificiosa disfrazada, tabuizable e incluso cotizable en bolsa, en cambio la muerte como existencia simbólica y precontenido infantil (hasta los 6 años aproximadamente) es no-irreversible, imaginaria, lúdica, experimentable, intuida, espontánea (natural), escatológica (transgresora) y de interés variable.

En un trabajo que hicimos con niños y niñas de 6 años sobre la ilustración de un cuento que habla de la muerte de un abuelo, en el 90% de sus dibujos el abuelo estaba presente, y casi todos lo hicieron en algún rincón de la parte superior del folio. Contrariamente a lo que podríamos prever, los dibujos estaban llenos de colores, de naturaleza, de vida y para cada uno de los niños el abuelo se había ido a un sitio diferente.

Si abrimos los ojos descubriremos que la muerte está por todas partes, como condición necesaria para la vida, la evolución, la formación y la madurez personal. La cultura que no valora la muerte, no valora la vida. La sociedad actual cubre la muerte con un manto de asepsia que no facilita la opción personal. El tabú que envuelve este tema se refleja ineludiblemente en la educación como si así estuviéramos protegiendo a los niños/as cuando lo que realmente estamos haciendo es impedir que se vayan enfrentando «a pequeñas dosis» a las situaciones difíciles o críticas por las que, ineludiblemente, todos pasamos más tarde o más temprano. Llevar esto a la educación no es nada más que facilitar el espacio para que los alumnos se expresen en momentos de sufrimiento, dolor o fracaso.

Respetar el crecimiento de los niños/as es algo realmente difícil que requiere de mucha paciencia, generosidad y valentía. Lo esencial es partir de todo lo que el niño pregunte o necesite desde su óptica, no lo que el adulto interprete desde su egocentrismo. El origen de una propuesta educativa fundamental, como pueda ser ésta, es ante todo, una profunda indagación desprejuiciada y lo más respetuosa posible con el niño, intentando no atascarse en predeterminismos, modas e incluso culturas.

Estamos convencidos de que normalizar el tema de la muerte en todos los ámbitos, fundamentalmente en el educativo, contribuye a un vivir menos deshumanizado que el actual: Es verdad que somos el fruto de la influencia que las diferentes instituciones (estatal, familiar, escolar) han dejado en nuestra vida pero entre huella y huella de las diferentes instituciones hay rendijas. Somos, además de seres culturales y pensantes, cazadores de conocimiento (Homo sapiens), seres biológicos y sociales, buscadores de la cooperación, la libertad y el amor (Homo amans, Maturana, 1995) y seres intuitivos, relajados, buscadores del yo, de la identidad, de la comunidad (Homo ludens, G. Steiner, 2001, p:128) esto hace que tengamos en común algunos aspectos muy básicos que a veces el ritmo de vida nos hace olvidar: necesitamos ser valorados, queridos y escuchados; necesitamos tener una relación armónica y con sentido con nosotros mismos y con los demás; necesitamos una explicación para este mundo.

Estas necesidades básicas del ser humano se ponen más en relieve en momentos de crisis. El haber puesto el acento en nuestra capacidad pensante, en esa mitad izquierda de nuestro cerebro, verbal, ambiciosa, dominadora ha silenciado pero nunca anulado, la mitad derecha, «el amor, la intuición, la misericordia, las formas orgánicas y más antiguas de experimentar el mundo sin agarrarlo por el cuello» como decía Steiner (2001).

Para normalizar lo más educativa y humanamente posible las situaciones de eventualidad trágica, nos parece necesario entonces partir de unas pautas flexibles capaces de adaptarse a cada circunstancia. Nosotros proponemos las siguientes: coherencia, honestidad, expresión y escucha, respeto, generosidad, objetividad (sin proyectar los sentimientos propios en los del niño), sensibilidad, fluidez, clima de seguridad emocional y atención permanente.

Nuestra motivación con este artículo es contribuir a la creación de nuevas aperturas y puntos de partida para futuras investigaciones, en múltiples sentidos, en un proceso de construcción de una educación capaz de adoptar como eje vertebrador la madurez personal y social. El panorama que se abre no sólo resulta interesante o atractivo, sino sobre todo útil (trascendente) para orientar la propia vida a la amplitud y la profundidad que una reestructuración social centrada en la posible evolución y mejora humana, merece.

(*): Agustín de la Herrán es profesor titular de Didáctica de la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad Autónoma de Madrid. Mar Cortina es psicopedagoga y presidenta de la Asociación Española de Tanatología. Este artículo apareció en la edición impresa de El País, el 27 de junio de 2005.

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1 comentario

Nacho Barrio · 04/04/2020 a las 2:55 pm

Qué interesante el artículo. Muchas gracias. Estoy de acuerdo en lo que comentáis. Estaba reflexionando acerca de la dificultad de educar en la muerte en una sociedad que trata de alejarse de ella. Si los adultos que educamos no sabemos gestionarlo de manera adecuada, ¿cómo vamos a transmitir lo que no sabemos? Se necesitan mayores espacios donde se hable y trabaje la muerte con hondura, sinceridad y valentía. Desde ese lugar, podré acompañar al niño/a en su travesía dejando a un lado mi reflejo en la mirada hacia el otro.

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