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De Heinz Janisch, con ilustraciones de Aljoscha Blau.
Lóguez Ediciones.

De niño, mi abuelo tuvo una vida muy agitada. Por lo menos, él así lo cuenta. Y si mi abuelo lo dice, es porque es así.

En una ocasión, llenó de agua un cajón. Quedaba magnífico, pero, lamentablemente, el agua no se mantuvo mucho tiempo. Prefirió irse en busca del mar.

En una ocasión, se comió un pastel de miel, tan dulce que fue perseguido por una abeja durante una semana. Incluso hasta el váter.

En una ocasión, mi abuelo descubrió un botón rojo en su ombligo. Lo apretó y, de pronto, saltaron chispas rojas de sus orejas.

En una ocasión, jugando al fútbol, de una patada, envió el balón tan alto que impactó contra una nube. Y llovió tanto que el partido tuvo que ser suspendido.

A veces, no sé si creerme todo lo que me cuenta mi abuelo. Pues ya tiene un aspecto cansado y viejo. Pero si él dice que fue así, entonces fue así.

A mi abuelo le gusta enseñarme fotografías de antes. “¡Mira qué mejillas más rojas tenía yo!”, exclama.

Y entonces me cuenta cosas de la escuela, de la guerra y de sus aventuras.

En una ocasión, mi abuelo encontró dos alas en el bosque. Se las puso, dio una vuelta por los alrededores y las volvió a dejar sobre la hierba.

En una ocasión, quería visitar a Lilí, su amiga del pueblo vecino, y construyó un puente sobre el río. Pasó el puente y le preguntó:
“¿Quieres un caramelo?” Ella cogió uno.
Hoy, Lilí es mi abuela.

En una ocasión, se encontró en la montaña con un hombre de las nieves. Le regaló su gorro y, juntos, bajaron en el trineo hasta el restaurante más próximo.

En una ocasión, en la guerra, mi abuelo únicamente deseaba irse para casa. Saltó en paracaídas, aterrizando en el jardín, exactamente sobre su mecedora.

En una ocasión, mi abuelo descubrió un animal desconocido en una cueva. No se lo dijo a nadie, excepto a mí, para evitar que la gente molestara al bello, extraño animal.

En una ocasión, mi abuelo había estado tan cansado que durmió ininterrumpidamente durante veintisiete días y otras tantas noches. Él dijo que, durante el sueño, había realizado un viaje por el mundo y, claro, había durado tanto porque dio una vuelta alrededor.

A partir de su 80 cumpleaños, mi abuelo se volvió cada vez más transparente. Pero también ha vuelto a tener sus mejillas rojas de antes. Es tan transparente que puedo mirar a través de él. A veces, esconde algo a su espalda y entonces tengo que adivinar qué es. Pero eso es fácil.

Entretanto, ¡mi abuelo es tan transparente que no estoy seguro de que esté ahí! Los otros dicen:
“¿Tu abuelo? ¡Pero si ya hace un año que murió!”
“¿Bueno y qué?”, exclama mi abuelo. “¿A quién le molesta eso?”

Y entonces me cuenta una historia. Y otra más. A mí, se me ponen las mejillas rojas de escuchar.
Y nos divertimos mucho.

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