A George Floyd y todos las personas muertas por abuso de poder

In Memoriam

1.-La mirada global

    Nos hallamos ante momentos cruciales de la evolución y la historia humanas. Por más que nuestra vida transcurra tranquila, ya no podemos desvincularnos de lo que sucede en el resto del mundo, -de lo que nos enteramos y de lo que no-. Permitir que nos afecte y que ello, nos incite a la participación ya es cuestión de cada persona dependiendo en parte de la educación que haya recibido, lo que haya vivido en casa, en su comunidad, en la escuela, los modelos adultos que haya tenido, la clase de relaciones que tenga y en parte de su predisposición genética individual que es la que ha hecho de filtro de toda su experiencia. Decía Kant (citado por Marta Mata, 2003, p. 24) que “El hombre sólo puede devenir hombre a través de la educación” y Teilhard de Chardin (citado por A. de la Herrán, 2003, en la contraportada).  “La educación es uno de los motores principales de la evolución de la humanidad”.

 La mirada global implica:

  1. Que seamos conscientes de la situación de privilegio material y económico que vivimos en este lado del mundo, que ese privilegio se ha labrado sobre el no-privilegio de muchos otros, que ese privilegio nos da el tiempo y los medios de generar ideas, pensamientos y acciones que pueden equilibrar la balanza en estos momentos en que estamos tan informados del desequilibrio, que ese privilegio ha generado desestabilidad emocional, desorientación, pérdida de valores comunitarios, falta de ética en las acciones; desestabilidad ecológica -a ninguna otra especie  se le ocurriría destruir el medio donde habita- y desestabilidad bio y fisiológica, generando enfermedades propias de los hábitos de vida.
  2. Que nos veamos en un punto de la línea cronológica, donde otros hombres nos precedieron y otros hombres nos sucederán. ¿Qué ha sucedido antes de nosotros para que estemos en este punto? ¿Hacia dónde apuntamos?
  3. Que cuando miremos a un niño o a otra persona, sepamos que estamos percibiendo sólo una parte. Y que, además, la percibimos desde nuestra óptica: “Tal como somos, así vemos” (Emerson, 1969, citado por Racionero, L. 1983:43).Que tiene un pasado y un futuro. Que además de vecino o alumno o hijo, etc., es, sobre todo, un ser humano que piensa, siente, juega, sufre, sueña, imagina, ama y muere en un contexto y un tiempo que lo determina y al que determina.

2.-La mirada compleja

    No basta con tener en cuenta el contexto que es, desde luego, fundamental para poder conocer y que ese conocimiento tenga sentido. Además, debemos saber de las relaciones mutuas y las influencias recíprocas entre las partes y el todo, el todo y las partes y las partes entre sí. Dejaremos a un lado, por tanto, la idea de complejidad que se asocia a cosas complicadas, como tampoco la contrapondremos a la idea de simple. La teoría de la complejidad se refiere sobre todo a aquella característica básica de muchas situaciones, acontecimientos y procesos que hace que no puedan ser analizados por la suma de los análisis parciales de todos sus componentes o ingredientes. La complejidad habla de las interacciones que existen dentro de los sistemas complejos y el ser humano es uno de ellos. El comportamiento de estos sistemas complejos no es previsible. Nos serviremos de la definición de E. Morin (2001: 47):

                    “Complexus significa lo que está tejido junto. Hay complejidad cuando son inseparables los diferentes elementos que constituyen un todo (…) y existe un tejido interdependiente, interactivo e interretroactivo entre el objeto de conocimiento y su contexto”.

   Morin rescata y actualiza lo que desde sus otras obras (1984, 1990) ya transmitía, así como lo vienen haciendo la física moderna, desde los años 80 y el misticismo oriental desde hace 2.600 años. Veámoslo brevemente:

                    “Las dos teorías básicas de la física moderna, nos hablan de esta complejidad: La teoría cuántica ha abolido la noción de objetos fundamentalmente separados, ha introducido el concepto del participante en lugar del de observador y ha llegado a ver el universo como una telaraña de relaciones interconectadas cuyas partes sólo se definen en función de sus conexiones con el todo. La teoría de la relatividad reveló el carácter intrínsicamente dinámico de esa telaraña al demostrar que la actividad es la esencia misma de su ser. Ninguna de las propiedades de una parte de la telaraña es fundamental; todas ellas se siguen de las propiedades de las otras partes y la coherencia global de sus relaciones recíprocas determina la estructura de la totalidad de la telaraña” (Fritjof Capra, 1982, p.97) .

   La filosofía budista postula un conocimiento global y complejo de la realidad exterior condicionado al conocimiento de uno mismo, pues si no hay conocedor no hay objeto de conocimiento y viceversa. Sujeto y objeto son inseparables y simultáneos. En el Dharma se contemplan numerosas perspectivas, algunas de tendencia materialista y otras de tendencia espiritualista. Pero no son contempladas como puntos de vista diferentes, sino complementarios: ninguno de los dos está comprendido en el otro ni puede ser reducido por él, sino que los dos son necesarios y se refuerzan recíprocamente para ofrecer una comprensión más cabal del mundo.

                             “Cuando consideramos la realidad en sí misma, rápidamente cobramos conciencia de su infinita complejidad. Si se trata de comprender esta complejidad, creo que es particularmente útil el concepto de “origen dependiente” (ten del, en tibetano), que articula y desarrolla la escuela de filosofía budista Madhyamika (Vía del Medio): a) No hay cosa o acontecimiento que sea capaz de alcanzar la existencia, ni de conservarla por sí solo y b) Existe una dependencia mutua entra las partes y el todo. (Dalai Lama, 2000, p. 45)

                      “Según la visión del mundo chino, el universo es un sistema armónico de resonancias; las partes se corresponden unas o otras y se armonizan en el todo. Veamos un ejemplo: Una Naturaleza, perfecta y penetrante, circula en todas las naturalezas; una Realidad que todo lo abarca, contiene en sí todas las realidades. La luna singular se refleja dondequiera que exista una capa de agua,… Yung-chia Ta-shih.(L. Racionero,1983, p.39)

    Son algunas muestras de que el concepto de complejidad o interdependencia es algo que pertenece al saber y sentir humano desde hace muchos siglos. Todos los conceptos que manejaremos aquí (todas las miradas, que en realidad son sólo una) ya han sido dichas de muchas maneras, en muchos idiomas y en todos los tiempos: “Son conocimientos inmemoriables y universales” (A.Huxley, 1977, p.9)

3.-La mirada desidentificada

Dejaremos a un lado, la idea de desidentificación que se contrapone a no implicación para entrar en una definición más amplia. Para ello, es preciso hablar previamente del ego y de la impermanencia.

Innegablemente, el fluir de lo concreto, el cambio incesante es una condición de la experiencia humana. Sin mutación, no habría experiencia. En la filosofía china, la realidad es un equilibrio continuamente cambiante. No existen seres o situaciones claramente delimitables, sino juegos de fuerzas que van variando de intensidad y en su interacción producen el cambio de todas las cosas, ya sean seres o situaciones. Uno de los 14 preceptos de la Orden Tip Hien (Interser) que ha fundado en Francia, el monje budista vietnamita, Thich Nhat Hanh, desde su idea de budismo comprometido es:

                     “No idolatres ni te adhieras a doctrina, teoría o ideología alguna, aun las budistas. Todos los sistemas de pensamiento son medios de dirección, no representan a verdad absoluta”

   Quizás, por esta sensación de movimiento, este habitar “un planeta que no es un sistema global sino un torbellino en movimiento, desprovisto de centro organizador” (E. Morin, 2001) es lo que hace que una de las palabras-guía del modo de vida de occidente sea “seguridad”. El hombre se ha esforzado desde siempre en encontrar un orden, una explicación al mundo, una explicación al comportamiento humano. Explicaciones científicas, teológicas, filosóficas, psicológicas. Pero no hace falta leer a grandes filósofos como Heráclito, para saber de la impermanencia: No todos los amores son para toda la vida, y si lo son, van transformándose; nuestras ideas evolucionan, se adaptan, necesitamos cambiar el mobiliario de nuestra casa o su disposición; algunos amigos para siempre dejan de serlo con el tiempo y aparecen otros; no siempre tenemos el mismo estado de ánimo y tantos otros ejemplos cotidianos que nos hablan del movimiento constante. Para alcanzar ese sentimiento de seguridad que contrarreste ese estar constantemente en tierras movedizas, tenemos al ego: una serie de pensamientos que definen el universo propio; una habitación propia a través de cuyas ventanas, interpretar lo que sucede. Da miedo aventurarse a ir fuera de ella, miedo a perder la identidad, así que, como un dictador paternalista, nos ofrece seguridad a cambio de nuestra libertad. Por un lado, necesitamos de esa matriz de pensamientos y sentimientos que llamamos el ego para sobrevivir física y psicológicamente. El ego nos permite dar explicaciones: qué es causa de qué, qué debemos evitar, cómo satisfacer nuestros deseos, qué hacer en cada situación y lo hace poniendo rótulos a lo que percibimos o pensamos. Estos rótulos imprimen ese orden buscado y nos proporcionan sensación de que todo está bien así. De esta manera, conocemos nuestro mundo y qué lugar ocupamos en él, sino fuera así, habitaríamos un lugar indómito e imprevisible, intolerable para la razón humana.

   Una cosa es que sepamos de la existencia de esa habitación propia que podemos usar libremente cuando la necesitemos y otra muy diferente es que nos identifiquemos con ella y creamos que cada uno de nosotros somos nuestros pensamientos, nuestros cuerpos, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestros éxitos o nuestros fracasos. No hablo sólo del ego de las personas, sino del ego de las ideologías, de las comunidades y de las naciones. Salir de esa identificación es ampliar la mirada hacia nosotros mismos, los otros, lo que nos rodea, lo que nos sucede, desde la libertady la autonomía  que nos concede la desidentificación y el desapego: Somos lo que somos en cada momento con la posibilidad de no serlo para siempre y, a la vez, ese que se manifiesta de esa manera concreta y en ese momento concreto, no soy esencialmente yo. Lo que somos es un misterio, así como el orden que rige el mundo, un misterio inalcanzable por nuestros sentidos, indescriptible para nuestro lenguaje, inconcebible para la razón. La esencia de lo humano se deja percibir desde el silencio, desde ese silencio que acalla en nuestro interior todo intento de explicación. Pero coincido con A. de la Herrán (2002, p.49) en que la autoobservación precede al silencio interior. Dice A. Einstein (1980, citado por este mismo autor, 2002, p.152):

                       “La experiencia más bella y profunda que pueda tener el hombre es el sentido de lo misterioso (…) Percibir que, tras lo que podemos experimentar se oculta algo inalcanzable a nuestros sentidos, algo cuya belleza y sublimidad se alcanza solo indirectamente y a modo de pálido reflejo, es religiosidad. En este sentido, yo soy religioso (p.35)”

   Aunque la impermanencia y el incesante movimiento rigen el mundo y nada es para siempre, hay un orden y me basta contemplar los ritmos de la naturaleza (interior y exterior) y del universo (interior y exterior) para captarlo. Un orden cuyo eje básico es vida-muerte: transformación y evolución.  “Nunca disfrutarás del mundo como es debido hasta que el mar mismo fluya por tus venas, hasta que te vistas con el azul del cielo y te corones de estrellas y percibas que que eres el único heredero del mundo entero y aún más, porque en él hay hombres y mujeres que son, igual que tú sus únicos herederos” decía Thomas Traherne.

   Edward de Bono (1988) propone dar unas vacaciones al ego y facilitar así, la desidentificación, de una manera lúdica a través de seis sombreros para pensar. Cada uno de los sombreros tiene un color y ese color está relacionado con su función. Se trata de ir adoptando diferentes papeles con el fin último de no creerse ninguno e ir aprendiendo a ver cuándo y cómo los utilizamos en nuestra vida cotidiana.

   También Carlos Martínez Bouquet, médico, psicoanalista y psicodramatista me comentaba cómo la Teoría de la Escena puede hacer aportaciones en este sentido “Podemos ver la situación estando en el escenario, o sea, totalmente implicados emocionalmente o bajarnos a la platea y verlo con un poco más de distancia. También podemos salir un rato al pasillo donde no vemos lo que sucede, pero lo escuchamos y sabemos que está sucediendo o salir a la calle, olvidarnos, airearnos. Lo ideal sería hacer el recorrido de todos ellos. (comunicación personal)

   La desidentificación nos da la libertad de situarnos en el lugar más conveniente a cada momento. Los apegos y las identificaciones son causa de muchos conflictos personales, profesionales, sociales y mundiales.

4.-La mirada evolucionista.

     Socialización del conocimiento

     A lo largo del recorrido desde la aparición del hombre sobre la Tierra, desde la aparición de la primera célula, todo ha sido evolución. La evolución se hace sobre la transformación y el cambio, tanto la biológica como la del pensamiento. La evolución se hace sobre la muerte, el destierro de creencias, mitos, ideas y pensamientos anteriores, que sirvieron durante un tiempo para guiar el comportamiento humano. Cada paso de esa evolución ha tenido que superar el miedo ancestral hacia lo desconocido, lo nuevo. Como nos explican Carbonell, E. y Sala, R. (2002), estos primeros pasos se dieron violando las creencias en la tutela sobrenatural y en la selección natural cuando consiguieron superar la edad natural de muerte manteniendo y ayudando socialmente a algunos individuos de la especie; cuando se logró reproducir el sistema de la vida con la germinación de las plantas y la reproducción de animales; cuando por primera vez, un grupo de humanos consiguió después de numerosos e intentos fallidos domesticar el fuego y servirse de él. Primero fue usado de forma jerárquica e inhumana, competitiva, como medio para sobrevivir mejor que otros grupos o poblaciones, con el tiempo su empleo se extendió a toda la población (socialización), que pudo así crecer más rápidamente. Todo esto no se produjo sin sus correspondientes tensiones sociales. Lo que ahora es necesario es socializar el conocimiento.

   No es difícil extender el paralelismo a nuestros días. Poseemos el conocimiento, los recursos y la técnica para una mejor adaptación de la especie y una constante transformación. Ese conocimiento pertenece únicamente a un grupo social. Si no se hubiera socializado el fuego, la humanidad no hubiera evolucionado; si fue posible aquel paso en la evolución, con las tensiones sociales pertinentes y superaciones de miedos y creencias, debe ser posible la socialización del conocimiento científico y técnico que permita un vivir mejor para toda la especie. La situación presente nos indica que estamos utilizando ese saber de manera animal y primate, es decir, desde la jerarquía, desde el miedo que da las consecuencias del compartir, como si en ello, fueran a desaparecer privilegios (es verdad, desaparecen privilegios de poder, de dominio, materiales, pero aparece el privilegio del bienestar interno); desde la idea de supervivencia, que aunque ya ha sido superada sigue presente y actuando en nuestro cerebro reptiliano; desde la competitividad, cuando está más que demostrado que es la cooperación entre los miembros de una especie, la cooperación entre las células de un organismo,  la que  hace avanzar (Maturana, H. 1995)

                 “Al desvelar los secretos de nuestra existencia estamos abriendo la caja de Pandora, pero esperamos abrirla desde una humanidad que ha dejado de ser animal en lo que respecta a sus miedos, sus pasiones y deseos, desde la eliminación de las jerarquías animales, de los cotos reservados a unos pocos, de las desigualdades. La socialización de la técnica y el conocimiento es nuestro recurso para la evolución y debemos servirnos de ella adecuadamente”. (Carbonell, E. y Sala, R., 2002, p.34)

   Si el conocimiento, en su más amplia concepción, se queda estancado se pudre, porque contraviene las leyes naturales de fluidez y movimiento. Por eso los personajes,  grandes hombres y mujeres, lo eran porque además de poseer el conocimiento estaban dotados y dotadas de la humildad y humanidad necesaria para compartirlo y por tanto extenderlo y, de esta manera, ir avanzando hacia ese “ser más” de Teilhard o “ser mejor” de Dewey.

   “Así como una piedra tirada al agua deviene centro y causa de muchos círculos y como el sonido se difunde por círculos en el aire, así cualquier objeto, situado en la atmósfera luminosa, se difunde a sí mismo en círculos y llena el aire de infinitas imágenes de sí mismo y aparece todo por todo y todo en cada parte” (Leonardo Da Vinci, citado por Racionero, L. 1986, p.93)

Direccionalidad

     El concepto de direccionalidad es, a mi juicio, algo fundamental en la vida y percibo su olvido, que no su desaparición. Una direccionalidad flexible, que tenga en cuenta lo impredecible, que sepa dar golpe de cadera para esquivar obstáculos, pero que tenga direccionalidad. Saber dónde hemos puesto la desembocadura de nuestro río y saber de los afluentes. Y esta direccionalidad ha de tener grandes y pequeños propósitos; individuales, colectivos y universales; idealistas y realistas; presentes y futuros.

     Mirando hacia atrás y a nuestro momento presente, parece que la punta de la flecha ha ido hacia una mejor adaptación al medio que habitamos, superando las circunstancias adversas de la climatología, conviviendo con e intentando dominar los ritmos cambiantes de la naturaleza humana y de la tierra. Salvo algunas voces de todos los tiempos y algunos momentos históricos que intentaron una sociedad basada en la igualdad y, por tanto, democrática, lo que ha predominado y predomina es un avance desde el uso del poder y el conocimiento por sólo un grupo social, es decir, jerárquico, con el fin de un beneficio minoritario, perdiendo de vista el conjunto, el contexto y la complejidad. Si imaginamos la humanidad como un árbol, podremos darnos cuenta de que sólo una de sus ramas (la tecnológica) se ha hiperdesarrollado sobre un hipodesarrollo de la rama correspondiente al conocimiento de lo humano. El haberse hecho de esta manera nos ha conducido al momento sociohistórico que vivimos de intolerable desigualdad, de violación de derechos, de absurdo vivir con objetivos de bienestar material para unos pocos.  Es una época convulsa, como lo fueron tantas otras que precedieron avances y cambios. El desarrollo natural de ese árbol es, obviamente, un crecimiento armónico y conjunto de las ramas: la científica y la humana, y las que apuntan a todos los puntos cardinales, no sólo al norte y al oeste. La punta de la flecha debe apuntar, por tanto, a un desarrollo pleno de lo humano y lo humano somos todos, sin excepción.

El amor y la muerte

  Junto con la espiritualidad o la trascendencia son los grandes desterrados en nuestra cultura y, por tanto, en las escuelas.

  Amor entendido como el hecho de conceder al otro ese espacio de existencia digno junto a mí (Maturana, 1995) que es sinónimo de vivir en, para y desde la democracia.

   La muerte, para vivir con ese sentido de finitud que nos hace valorar el momento presente y no dejar para más tarde lo que le pertenece al ahora. Para poder ver al otro como “un ser de carne y hueso que nace, sufre, muere –sobre todo muere- el que come, juega, bebe, duerme y piensa, (…) el hermano, el verdadero hermano”, del que hablaba Unamuno (1976). La muerte para poder ver al otro desde la esencia mortal común que somos. La muerte para una preparación integral del vivir donde al olvidar la adversidad, el sufrimiento y el dolor, estamos incurriendo en estafa. La muerte como partícipes del ritmo cambiante, transformador de la naturaleza y el universo. Lo cual nos coloca en un lugar no jerárquico ni poderoso ni dominante. Acercarnos emocionalmente al tema de la muerte para que no nos coja totalmente de sorpresa, compartir lo que tememos, lo que desconocemos. Hablar de ello nos humaniza y nos hace sentir menos solos. Pensar en nuestra muerte, tenerla en cuenta, nos conduce a tener que dar un sentido a esta existencia finita y ese sentido es la evolución.

                   Con el descrédito de la religión a través de las incoherencias del catolicismo, hemos retirado de un plumazo el sentido religioso inherente a lo humano. Vemos pues cómo impedimos que crezcan algunas de las ramas esenciales del árbol de lo humano a favor de otras que nos van dejando aislados, desconectados y desorientados.

                     “Ser religioso es simplemente tener una mente indagadora, en constante búsqueda de la verdad, que es lo mismo que afirmar el deseo pleno de mejora y de superación de uno mismo para el bien de los demás (sentido místicoantropológico de la propuesta de Krishnamurti) (Colom, A.J. y Mèlich, J.C.,1994)

5.-La mirada política y democrática

    Como mirada que aglutina, que interrelaciona, cruce de caminos en el mapa, un descanso en el camino, nunca un final. Para alcanzar esta mirada hemos tenido que haber recorrido el río de la impermanencia, atravesado el fuego del ego, percatarnos de la necesidad del contexto, de la interdependencia y de la humildad. Que mejor definición de democracia que la que aporta la física moderna: la unidad e interrelación de los fenómenos, nadie puede educarse en soledad, por sí mismo, independiente; todos son igualmente válidos y de nuestras interacciones depende el resultado final.

    Las sociedades democráticas no se generan de un día a otro. Nacen del esfuerzo, la comprensión y el respeto por ideas y maneras de pensar diferentes a las nuestras. Todos aquellos que han experimentado la participación, el generar sinergias que mejoren la sociedad en la que vivimos, saben que proporciona sentido a la existencia.

   Política es participación, responsabilidad, compartir. Democracia es amor.

   Este actual vacío de contenido de los tradicionales poderes tradicionales: iglesia, familia, trabajo, ejército, es otra revisión socio-histórica más, de conceptos que nos resultan caducos para llenarlos con nuevos contenidos más adecuados a los habitantes de este siglo (transformación, evolución). Para que esto suceda, es necesario “aprender a leer” y luego reescribir lo que pretendemos que sea nuestra vida individual y colectiva. Por “aprender a leer”, entiendo el saber ver (mirada atenta) lo que está sucediendo y entender el porqué. Objetiva y subjetivamente. Justo en estos momentos en que, nominalmente, tenemos las herramientas de participación más al alcance que nunca, las estrategias políticas y publicitarias se aseguran de “adormecer” a los posibles participantes. Por eso, resulta costoso leer claramente lo que sucede e incluso tener ganas de hacerlo.

   Participación significa esfuerzo, compromiso y responsabilidad. Lo que puede parecer una actitud o un deseo idealista o sentimentalista es una convicción profunda y seria, que desde los clásicos, se repite con diferentes grados de intensidad a través de las generaciones. Pero, hoy por hoy ¿A quién le interesa, si tenemos lo que “queríamos”? Casa, coche, tele, ordenador, móvil, sueldo fijo, vacaciones pagadas, tiempo libre, etc. Una vez alcanzado este bienestar material básico aparece un sentimiento parecido al de “¿Esto era todo?” que conduce a algunos, a una insatisfacción personal, que convendría que hiciera dirigir la mirada hacia los otros ya que tenerla puesta todo el tiempo en nuestro ombligo, parece no colmarnos. Al descubrir al otro, de lo primero que nos damos cuenta es de que, ese nivel de vida, se ha construido en base a otro nulo nivel de vida, percibimos por tanto, el terrible desequilibrio entre los humanos y dado que estamos informados, aún sin pretenderlo, no podemos cerrar los ojos o darle la espalda al asunto. Las injusticias sociales están constantemente presentes y cada día más. Ya no son solo los habitantes de otros continentes los desfavorecidos, son los que caminan por la calle junto a nosotros, son nuestros vecinos. En un mundo interconectado, el sufrimiento de los otros es nuestro propio sufrimiento. Lo que estamos viviendo es una oportunidad para una profunda revisión de nuestra manera de pensar, vivir y morir.

   Desde el bienestar obtenido, ese compromiso y responsabilidad se perciben como un sobreesfuerzo. Pero volviendo a las paradojas, el sobreesfuerzo es realmente vivir como si estuvieras “muerto”. Sin grandes implicaciones, protegiendo la tranquilidad, sin verdadero cuestionamiento de lo qué hacemos y cómo lo hacemos, sintiéndonos individuos “pacientes” de un sistema político/educativo que nos ha decepcionado o traicionado. La vida cobra su verdadero sentido en la participación, en la acción dirigida a la transformación y en la utopía.

   Esa “eterna vigilancia” de la que habla Dewey y a la que prefiero denominar “estar al acecho” de nuestra actitud, de nuestro ego, de cómo resolvemos conflictos o injusticias, de nuestro pensamiento, etc. es ya un modelo de sujeto activo y comprometido. Sentirnos y percibirnos como sujetos pertenecientes a un grupo desde el cual podemos apreciar lo que tenemos y lo que no tenemos, lo que tienen y lo que no tienen y actuar para que las desigualdades vayan siendo igualdades es uno de los motores que nos hace sentir bien.

   Es inútil esperar que la escuela forme sujetos ciudadanos si los “transmisores” del conocimiento no lo son. Y considero transmisor a toda la comunidad educativa. Ni que decir de la administración, de la metodología, de los contenidos, de la evaluación,…aunque estoy convencida de que si el profesor, los padres, los adultos más cercanos al alumno se reconocen, piensan, actúan y sienten como  sujetos políticos, su entorno se impregna  de esa condición e invita a ella, extendiéndose a veces de una manera silenciosa y otras, alzando la voz para que se escuchen sus lógicas y conformando un quehacer verdaderamente democrático, donde se dé sinceramente un reconocimiento del otro, de su espacio y  de su discurso. Y para esto necesitamos mucha claridad, humildad, honestidad, perseverancia y coherencia. Y añado -prestado de Dewey-, “libre inteligencia”. A propósito de la honestidad y la perseverancia, recuerdo un cuento chino:

    “Cuentan que una campesina china se enamoró del príncipe y tal era su amor que cada día, al acabar su trabajo, iba a mirarle, oculta desde los muros de palacio. Soñaba con él. Su madre sabía de su amor por el príncipe y le advertía que era imposible, que se lo quitara de la cabeza, que él no sería para ella. Pero ella, simplemente, se había enamorado y perseveró. Un día, anunciaron desde palacio que el príncipe buscaba mujer y se convocó a todas las jóvenes de la ciudad. Sólo acudieron las jóvenes que, presuntamente, podían ser princesas por su condición social y Lu-Yin, que no podía dejar de perseguir su objetivo de ser amada por el príncipe como ella lo amaba a él. El príncipe se dirigió a ellas y entregó a cada una la semilla de una orquídea, prometiéndose casarse con aquella que consiguiera la orquídea más hermosa. Todas las jóvenes se esforzaron por cuidar aquella semilla, regarla, sacarla al sol para conseguir ser la princesa, pero Lu-Yin por más que cuidaba aquella semilla, de ella no germinaba nada. Llegado el día acordado, todas las demás jóvenes llevaban sus orquídeas a cada cual más flamante menos nuestra campesina que llevó la semilla tal y como se la habían entregado. Cuando esto vió el príncipe, se alegró y anunció que Lu-Yin sería su esposa porque lo que él había entregado era la “flor de la honestidad”, una semilla borde, de la cual era imposible que naciera ninguna orquídea.” (Transmisión oral)

   La meta de la educación y la meta de la vida, como señala Dewey (pág. 183 del texto “Libertad”) es: “El desarrollo libre del sujeto que le permita ser mejor en su interactuar con los otrosPero hemos perdido identidad y rumbo. La palabra que se me ocurre es desamparo, los docentes y los padres y madres se sienten desamparados, sin un marco que les dé continente, sin función relevante en la transformación de las cosas que nos parecen injustas. Así, los niños/as y adolescentes también experimentan ese desamparo, ese descuido por parte de los adultos. Y, de alguna manera, se hacen ver y oír. ¿Qué están pidiendo? Decía Manuel Rivas en un artículo de “El País” que hay un grito de socorro oculto en el comportamiento rebelde de los estudiantes.  Invitar a la acción, a la participación, es empezar a sentirse protagonistas y coautores de su propia vida y de la vida colectiva.

   Así que, para darle un sentido a lo que está pasando, en cierto modo me alegro de que esté todo “patas para arriba” porque me proporciona la ilusión de que hay mucho por hacer, política y humanamente hablando. Ese “mucho por hacer” empieza por uno/a mismo/a, en casa, en el trabajo, en la comunidad y empieza por lo que nadie ve, nuestros pensamientos y nuestras acciones. Empieza por la experiencia.Leonardo da Vinci, consideraba la experiencia algo diferente al testimonio de los cinco sentidos, no se limita a las impresiones externas sino que contiene también una actividad inductiva:

                  “La experiencia no miente nunca; es nuestro juicio el que yerra prometiéndose cosas de lo que no es capaz. Los hombres se equivocan al quejarse contra la experiencia y tacharla de engañosa. Dejad a la experiencia tranquila y volved las quejas contra vuestra propia ignorancia que os lleva a fantasías e insensatos deseos y esperáis de la experiencia cosas que no están en su poder” (citado por Racionero, L., 1986, p. 94)

   La palabra clave es respeto. Que tras todo lo que pensamos exista una creencia en el hombre común, sea cual sea su raza o su religión y en las posibilidades de la naturaleza humana. Esto es generosidad y universalidad. Dewey habla de la necesidad de “nuevas actitudes personales”, pongamos entonces a funcionar nuestra capacidad crítica y autocrítica, nuestra capacidad de relación con nosotros mismos y con los otros, nuestra capacidad creativa y nuestra capacidad de sufrir y amar.

 A modo de conclusión

Ampliar la mirada proporcionando confort existencial

   Esta reflexión invita a experimentar una manera de mirar más amplia, menos egótica, más desidentificada, más sencilla y más compleja, más comprometida y responsable, más estética y más humilde. No son palabras nuevas, son palabras recuperadas al conocimiento disponible a los hombres, un conocimiento que nos precede, nos habita y nos transciende. “Tenemos la eternidad a nuestro lado y no nos atrevemos a mirarla” decía el chamán Don Juan en los libros de Carlos Castaneda. Los miedos, la necesidad de seguridad están ahí como también están los deseos de adentrarse en lo desconocido, de experimentar, de innovar y la necesidad de sentirse bien.

   La apertura de conciencia no ha sido la esperada tras un confinamiento de seis semanas en el grosso de la humanidad porque de haber sido así, no estaríamos viviendo estas situaciones de injusticia y violaciones de los derechos como los que estamos viviendo. Convendría redefinir la seguridad tan anhelada como un lugar amplio, cálido y compartido donde penetran los rayos de sol y las lluvias, el frío y el calor pero lleno de vida palpitando donde tenemos en cuenta nuestros derechos y nuestras necesidades pero también las de los otros y eso sí que da confort existencial.

    Hacemos verdaderas piruetas psicológicas, emocionales, cognitivas y espirituales para dar una explicación a este tipo de vida que potencia lo material y lo individual. La cosa me parece sencilla, si cada uno se pregunta cuáles son las cosas que le hacen sentir bien, se llega a descubrir que ninguna de ellas se puede comprar y muchas de ellas se hacen con otros. Detenerse a repensar estas cosas no es fácil porque normalmente implica cambios y hay que estar verdaderamente dispuesto a nadar en el océano de la vida, aunque una vez has metido el pie…

   Por tanto, para que quepan nuevas definiciones, éstas tienen que “asegurar” ese espacio de protección para después cuestionar toda definición anterior, aunque proceda de admirados profesores, filósofos, pensadores, místicos; romper con las certidumbres personales y sociales, sabiendo que incluso esas nuevas definiciones también deben estar siempre dispuestas a ser ampliadas. Redefinir de manera constante conceptos como libertad, democracia, autonomía, ser humano, sociedad, estado y política.

Este constante movimiento que es la vida no debe dejarnos sin la sensación de un orden, de un centro organizador por eso las nuevas propuestas deben garantizar siempre ese confort existencial, no dejar desnudo al receptor, garantizar un mínimo de abrigo y aquí viene el gran rompimiento: nada de lo que procede de fuera nos lo proporciona, porque el mundo es cambiante, tampoco nos lo dan nuestras creencias ni nuestros sentimientos porque también son cambiantes. Ese espacio de reconciliación, que proporciona sentido al estar aquí, tiene que ver con dar cabida al otro, con el reconocimiento de una existencia compartida, con el saberse en interdependencia. No hay otra: el bienestar íntimo procede del vivir con respeto profundo hacia nosotros mismos, hacia todos y hacia el planeta que habitamos empezando por lo más cercano. Y esto sólo llega a tener consistencia y durabilidad si se hace, desde el atrevimiento de experimentar esa mirada amplia y profunda.

La responsabilidad de los que metieron el pie en el océano

   Si uno tiene el privilegio de reflexionar sobre estas cosas es porque puede desviar su atención de las necesidades de supervivencia y tiene las necesidades afectivas y sociales más que menos cubiertas. Privilegio va relacionado con responsabilidad, como conocimiento va relacionado con amor “porque si no, ese conocimiento puede ser despiadado” (Krishnamurti, citado por A. Colom y J.C. Mèlich, 1994, p.152). Y privilegio, responsabilidad, conocimiento y amor deben estar impregnados de mucha humildad.

Es básico saber que la invitación a la apertura no se puede hacer por obligación.

    “No obligues a otros, ni siquiera a los niños y por medio alguno, a adoptar tus opiniones, ya sea utilizando la autoridad, la amenaza, el dinero, la propaganda o aun la educación. Sin embargo, mediante el diálogo compasivo, ayuda a los demás a renunciar al fanatismo y a la estrechez mental” (Tercer precepto de la Orden de Interser, Thich Naht Hanh, 1987, p.81)

  El dicho popular “No des margaritas a los cerdos” que, aunque un tanto burdo o vulgar, me servirá para hacerme entender metafóricamente. Primero, hay que reconocer que lo que son margaritas para unos no lo son para otros y lo mismo con los cerdos. Así, esta invitación a la apertura trata más de sembrar margaritas por el campo que de darlas, para que cualquiera pueda acceder a ellas, margaritas de diferentes tamaños, fragancias y colores. Algunos sólo podrán sentir atracción por las margaritas después de haberse atragantado con cardos y con el estómago dolorido; otros lo harán por una atracción irremediable hacia la belleza, hacia la perfección; algunos intentarán poseerlas, arrancarlas de la tierra y llevárselas a casa para ponerlas en un jarrón, donde durarán apenas unas semanas; otros las visitarán con frecuencia para contemplarlas e impregnarse, quizás invitarán a amigos a conocerlas y otros, seguirán sembrándolas. Cada uno/a lo hará según su grado de madurez, de compromiso y cada uno/a de ellos/as es digno/a de todo respeto.

                                                                                                        Mar Cortina Selva

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

ASSMANN, H. Placer y ternura en la educación. Narcea, Madrid, 2002

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